Comer por placer, por ansiedad, por aburrimiento o simplemente por impulso. Todos hemos tenido días así. Pero ¿qué ocurre cuando el apetito parece no agotarse nunca? A esta conducta, algunos expertos han empezado a llamarla edorexia, un síndrome caracterizado por un deseo constante de comer, que puede llevar a la pérdida de control y, con el tiempo, tener consecuencias en la salud.

¿Qué es exactamente la edorexia?
La edorexia es un concepto reciente que describe una alteración en el comportamiento alimentario caracterizada por un apetito excesivo, persistente e incontrolado, que lleva a comer de forma compulsiva. ¿No se llamaba a esto bulimia? No, porque en la bulimia la persona come en forma de atracones, de forma puntual (aunque repetida), mientras que en la edorexia el deseo de comer es contínuo.
Las personas que la experimentan pueden sentirse dominadas por una urgencia constante hacia la comida, lo que interfiere con su calidad de vida y con su capacidad para autorregularse. En muchos casos, y en esto sí se parece a la bulimia, esto se acompaña de emociones como culpa, frustración o malestar físico tras comer.
¿Es un trastorno reconocido oficialmente? ¿Por qué se habla de él ahora?
No es un trastorno reconocido oficialmente y no figura como diagnóstico clínico en los manuales internacionales de enfermedades como el DSM-5 o la CIE-11. Es un término propuesto por investigadores como el profesor José Luis López Morales para describir un fenómeno que él y sus colaboradores han observado en personas con un patrón de apetito desregulado. El concepto se está haciendo popular porque describe una situación real que afecta a un número significativo de personas que se ven reflejadas en este diagnóstico.
En el plano psicológico se va a producir un deterioro de la autoestima, además de ansiedad y culpa
¿Cuáles son las causas o factores que pueden desencadenar este tipo de conducta?
No existe una única causa. La edorexia, como otras alteraciones del comportamiento alimentario, puede surgir de una combinación de factores biológicos (alteraciones en la regulación del hambre y la saciedad, en los circuitos de recompensa cerebrales); psicológicos (ansiedad, estrés crónico incluyendo estrés postraumático, baja autoestima, depresión); conductuales (personas que hacen dietas de adelgazamiento constante, lo que conduce a un efecto rebote); socioculturales (acceso constante a alimentos ultraprocesados con sabores intensos, normalización del «comer emocional»- comer para cubrir una necesidad emocional). En la mayoría de las personas con esta conducta alimentaria, el exceso de apetito no es el problema inicial, sino un síntoma de un desequilibrio emocional más profundo.
¿Qué consecuencias puede tener si no se trata adecuadamente?
Aunque no sea un trastorno diagnosticado como tal, vivir con un apetito desmesurado de forma crónica puede tener efectos negativos tanto a nivel físico como psicosocial. En el aspecto físico, se va a producir un aumento de peso con todas sus consecuencias en el metabolismo. Además, es muy probable que la persona afectada sufra constantes indigestiones, reflujo gastroesofágico, diarreas…
En el plano psicológico se va a producir un deterioro de la autoestima, además de ansiedad y culpa. En la esfera social, es muy probable que la persona afectada se aísle y evite sobre todo celebraciones, comidas de trabajo, etc., que impliquen comer en público y le expongan a perder el control delante de otros.
¿Qué se puede hacer si creo que tengo este problema? ¿Tiene tratamiento?
Sí. Aunque la edorexia como tal no tiene un tratamiento establecido, existen enfoques eficaces para tratar esta alteración del apetito. Lo fundamental es pedir ayuda profesional, y en concreto a psicólogos especializados en conducta alimentaria y a nutricionistas con enfoque integrador que puedan ayudar a identificar las raíces del problema (que casi siempre es emocional) y a construir un plan de acción. Por supuesto es importante en primer lugar tener una consulta con nuestro médico de familia para descartar posibles causas médicas de este problema, sobre todo si ha surgido relativamente rápido en una persona que estaba previamente bien.
El trabajo principal con el psicólogo y el nutricionista va a consistir en aumentar la conciencia corporal y emocional para reconectar con las verdaderas señales de hambre y saciedad que se habían perdido. Es importante buscar estrategias para regular el estrés y la ansiedad, sin usar la comida como única «recompensa» o terapia. Hay que recordar que las dietas extremas o restrictivas suelen desencadenar o agravar el problema y es fundamental evitarlas.
Autora: Dra. Miriam Martínez Biarge, Médico Pediatra. Núm. Col. Madrid 53.890
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