La pérdida de peso siempre ha sido un objetivo complejo de conseguir. Aunque sabemos que mantener nuestra composición corporal en valores adecuados es muy importante para la salud, no es una tarea fácil, menos en nuestros tiempos modernos. Vivimos en un contexto obesogénico, es decir, que favorece la obesidad y los trastornos metabólicos tanto por la cantidad y variedad de calorías vacías que tenemos a nuestra disposición como por el estilo de vida poco activo al que estamos abocados. Esta situación en la que vivimos es bastante antinatural y nuestro organismo no está diseñado para los excesos.

fármacos para la obesidad
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La mayor parte de nosotros tiene un metabolismo ahorrador, es decir, se ha adaptado a lo largo de los años a la escasez de alimentos, siendo muy eficiente en almacenar energía en forma de grasa corporal. Esto en tiempos pasados nos protegía, puesto que aumentaba las posibilidades de sobrevivir en un entorno en el que costaba mucho trabajo físico conseguir la comida. Pero ahora eso no es así y para más «inri» el desarrollo de nuestras sociedades industriales ha conllevado una gran disponibilidad de alimentos que, no sería un problema, de no ser porque gran parte de ellos son ultraprocesados y con un elevado contenido calórico.

Sabemos que una fruta o unos frutos secos entre horas son opciones saludables y muy adecuadas, tanto para mantener el peso corporal como para mejorar nuestro bienestar, sin embargo, la mayoría de las veces y para muchas personas es más fácil tomar una bollería, unas galletas o un snack procesado lleno de azúcares o sal y grasas no tan saludables. A nuestro organismo le gusta comer, le gustan las calorías, los azúcares, lo graso y la sal puesto que eso significa densidad de calorías y eso en el pasado era bueno, pero no ahora. Claro está que en el pasado no había alimentos procesados tan calóricos, grasos o azucarados. Si nuestro cerebro tiene esas conexiones de placer activadas cuando comemos alimentos altamente palatables, ¿qué podemos hacer para que las tenga también para alimentos altamente saludables? La respuesta es inevitablemente reeducar, entrenando a nuestro cerebro a que en esos momentos en los que comemos alimentos que solo aportan gran cantidad de calorías también podemos tomar otras opciones más saludables que al final nos reconfortarán también puesto que a mediolargo plazo sentiremos todos sus beneficios en nuestra maquinaria, física y psicológicamente. El dilema es ¿cómo hacemos para que la persona con exceso de peso y un metabolismo alterado empiece a perder peso? Los cambios de hábitos son indiscutiblemente necesarios, pero, ¿qué más se puede hacer?

La obesidad tiene implicaciones en el estilo de vida, dificultando la actividad física, empeorando el sueño y nuestro estado anímico

En este panorama que es más complejo que lo que se puede reflejar en unas líneas, y esta historia no es nueva, a lo largo de los años ha habido supuestas soluciones al problema de la acumulación de grasa corporal sin que realmente fueran la panacea e incluso, en algunos casos, siendo retirados del arsenal terapéutico por sus problemáticos efectos adversos, como fue el caso de las anfetaminas, potentes estimulantes que inhibían el apetito, limitando la ingesta y activaban el metabolismo. Después llegó el orlistat, un inhibidor de las lipasas gástricas y pancreáticas que impedía la digestión y absorción total de las grasas limitando así las calorías absorbidas a través de estos nutrientes. No fue un fármaco diseñado para ayudar a las personas a comer saludable y ligero puesto que era justamente más eficaz tomado con las comidas más grasas.

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Es cierto que la solución de la obesidad es muy compleja pues una vez se ha instaurado no es solo un exceso de grasa en el organismo que nos haga perder la figura, sino que la acompañan múltiples alteraciones metabólicas, como la resistencia a la insulina, que hacen más difícil la pérdida de peso y también nos hacen más propensos a sufrir enfermedades como la diabetes tipo 2, entre otras muchas. Es cierto también que tiene implicaciones en el estilo de vida, dificultando la actividad física, empeorando el sueño y nuestro estado anímico. De manera que, el abordaje siempre debe ser desde un punto de vista multidisciplinar de la mano de un endocrino, pero también con ayuda de dietistas-nutricionistas, fisioterapeutas, psicólogos, profesionales de la actividad física, etc., puesto que esto es lo que realmente será eficaz para solucionar el problema a corto, medio y largo plazo.

En las noticias de los últimos meses se ha hablado mucho de fármacos como la liraglutida o la semaglutida, siendo posicionados como los fármacos más top en cuanto a avance científico en 2023, puesto que la obesidad es un gran desafío sanitario para el que después de muchísimos años no ha habido grandes progresos en el descubrimiento de terapias seguras y efectivas. Por eso la aprobación de los miméticos, el receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 (GLP-1R) o análogos del GLP-1, liraglutida y semaglutida, para la obesidad generó y genera un entusiasmo considerable. Además, también sus mecanismos de acción generan cierta emoción puesto que son fármacos que imitan a las hormonas que de forma natural nos hacen sentirnos saciados después de comer. Como con todos los fármacos existen efectos adversos, los más graves y frecuentes son retinopatía y pancreatitis aguda y los más habituales y leves son las náuseas, los vómitos y las hipoglucemias que, curiosamente pueden llevar al paciente a tener apetencia repentina por alimentos muy dulces.

Aunque su indicación inicial fue el tratamiento de la diabetes asociada a obesidad, posteriormente se ha aplicado en personas con obesidad no diabéticas. Estos fármacos generan una situación metabólica en la que tenemos menos apetito y esto nos ayuda a adelgazar. La semaglutida, por ejemplo, puede producir una reducción del 15% del peso total, un porcentaje que no se había alcanzado nunca con medicamentos, y estos fármacos reducen el riesgo cardiovascular, aunque este hecho está todavía en estudio para confirmar que se produce en personas obesas sin diabetes. Estos fármacos han preparado el camino para la aplicación de tirzepatida, una sustancia que regula los niveles de insulina y actúa sobre las áreas del cerebro que controlan el hambre y el apetito, aprobada ya para el tratamiento de la diabetes mellitus tipo 2 y que ha demostrado en recientes estudios que permite bajar hasta un 21% el peso corporal.

Las revisiones más recientes sobre el uso y beneficios de estos fármacos indican que para todas las indicaciones, la terapia basada en análogos del GLP-1 tiene sus limitaciones, como la existencia de personas que no responden al tratamiento, la meseta de respuesta (o estancamiento en la respuesta) y los efectos gastrointestinales adversos que, a pesar de la posibilidad de escalar la dosis, puede limitar adherencia al tratamiento, especialmente cuando se requiere una dosis más alta empleado. Finalmente, se apunta a que debe ser un tratamiento continuo para mantener los beneficios porque, después de todo, tanto la obesidad como la diabetes son enfermedades crónicas, sin embargo, aquí aparece uno de los aspectos clave de la cuestión sobre el uso de estos fármacos y es que deben acompañarse con dieta y ejercicio para que el fármaco sea una ayuda limitada durante un tiempo y después la persona pueda mantener el peso perdido e incluso seguir perdiendo. Sin un acompañamiento multidisciplinar para que el paciente pueda cambiar de hábitos es realmente difícil revertir de forma eficaz y duradera las implicaciones de la obesidad.

Fuentes:

Autora: Dra. Laura I. Arranz, Farmacéutica y Dietista – Nutricionista

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