Los antibióticos han salvado muchas vidas, sin embargo, en los últimos años se ha hecho un uso abusivo y como consecuencia han aparecido microorganismos resistentes a ellos y otros efectos adversos. Por eso, las organizaciones médicas y muchos estudios alertan de la necesidad de hacer un uso más razonable, justo y necesario para poder seguir cumpliendo ese principio médico y farmacéutico que reza “primun non nocere” (lo primero no hacer daño).

 

Los antibióticos y la microbiota intestinal

El abuso de los antibióticos ha provocado en las últimas décadas el aumento de múltiples resistencias, así, ahora hay infecciones causadas por microorganismos que no se pueden eliminar con fármacos que antes sí lo conseguían. La resistencia a antibióticos es un problema serio pues nos expone a infecciones que no tienen un tratamiento tan eficaz como deberían tener y, por supuesto, eso eleva el riesgo de complicaciones y muerte en algunos casos. Los antibióticos son muy útiles y deben ser prescritos cuando realmente está justificado pues, además, en la actualidad, sabemos que su uso puede tener otras consecuencias para la salud, en especial para la salud gastrointestinal. Según estudios recientes, la disbiosis inducida por antibióticos es algo común en la práctica clínica y es un factor que puede hacer aparecer trastornos como el síndrome de colon irritable e incluso algunas intolerancias alimentarias.

La composición y función de la microbiota intestinal es clave para entender los trastornos gastrointestinales funcionales (sin daños físicos detectables) que afectan a un tercio de la población. Los microorganismos que viven en nuestro intestino tienen funciones importantísimas como ejercer de barrera protectora de la mucosa intestinal, la producción de algunas vitaminas como la K, B12 y fólico, la regulación de grasas en el organismo, etc. Pero, además, sabemos que existe una conexión entre el tracto gastrointestinal y el sistema nervioso central y esto está mediado por neurotransmisores, citocinas inflamatorias, el nervio vago y el eje hipotalámico-pituitario-adrenal. Las vías de conexión entre el eje microbiota-intestino-cerebro y los trastornos relacionados son básicos para entender qué está pasando con muchas personas que, después de tratamientos antibióticos, por ejemplo, para erradicar el Helicobacter pylori o para tratar infecciones respiratorias o cistitis de repetición, empiezan a tener problemas intestinales. Los antibióticos atacan a los patógenos que queremos erradicar, pero también a todas las demás bacterias en nuestro organismo y ejercen efectos negativos sobre la composición y las funciones de nuestra microbiota. Los trastornos cognitivos y del estado de ánimo también son frecuentes en los trastornos gastrointestinales funcionales pues cada vez más conocemos esa conexión entre intestino y cerebro que tiene gran importancia para nuestra salud.

El uso de antibióticos tiene consecuencias a largo plazo sobre nuestras bacterias intestinales

El eje cerebro-intestino-microbiota es un sistema bidireccional que permite a los microorganismos intestinales comunicarse con el sistema nervioso central y éste con el intestino. Los mecanismos de transmisión de señales son complejos e incluyen comunicación a través de sustancias metabólicas y endocrinas, de células y moléculas del sistema inmunitario y de nervios. Hay muchos factores que afectan al eje microbiota-intestino-cerebro, como, por ejemplo, la dieta (el que más), la genética, los fármacos, el medio ambiente, la actividad física, el comportamiento cognitivo, el estrés, las interacciones sociales y la emociones como la ansiedad y el miedo. Además, las bacterias intestinales son capaces de producir neurotransmisores que actúan en nuestro sistema nervioso y esas sustancias modulan las funciones de los nervios situados en el intestino (sistema nervioso entérico). Se sabe que los Lactobacillus y las especies de Bifidobacterium pueden producir GABA (ácido gamma-aminobutírico, el principal neurotransmisor relajante), Escherichia, Bacillus y Saccharomyces spp. puede producir noradrenalina (un neurotransmisor con funciones de activación), Streptococcus, Escherichia y Enterococcus spp. pueden producir serotonina (sustancia imprescindible para tener energía y buen estado de ánimo), los Bacillus pueden producir dopamina (implicada en la sensación del placer) y los Lactobacillus también pueden producir acetilcolina (otro neurotransmisor activador). El sistema nervioso que rodea al intestino es muy importante pues está en continua comunicación con la parte del sistema nervioso (el autónomo) que es responsable del equilibrio de todas nuestras funciones fisiológicas. Y el sistema nervioso autónomo también regula las funciones intestinales haciendo que la mucosa sea realmente protectora, que haya una buena secreción, absorción y motilidad intestinal, etc. Queda claro que si hay algún factor que ataque y elimine parte de nuestra microbiota o modifique su composición todas estas funciones se verán afectadas.

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Sabemos que el uso de antibióticos, especialmente en las primeras etapas de la vida, tiene consecuencias a largo plazo sobre nuestras bacterias intestinales que pueden producir mayor predisposición a tener alteraciones gastrointestinales, problemas cognitivos, psicológicos y psiquiátricos, etc. Y es que la alteración de la microbiota provocada por antibióticos puede provocar una reducción en la producción bacteriana de sustancias beneficiosas como es el caso de los ácidos grasos de cadena corta que tienen un gran papel como reguladores de la inflamación en el sistema nervioso. Y también hay situaciones de tratamientos puntuales que pueden provocar problemas. Por ejemplo, el uso de antibióticos puede provocar alteraciones intestinales agudas como la diarrea. En estos casos se tiene muy claro que es importante asociar el uso de alimentos fermentados o suplementos probióticos mientras se toma el tratamiento.

Es importante asociar el uso de alimentos fermentados o suplementos probióticos mientras se toma el tratamiento

En este contexto, muy frecuente en los niños, pero también en adultos, la ESPGHAN (European Society for Paediatric Gastroenterology Hepatology and Nutrition) recomienda el uso de las cepas L. rhamnosus GG ATCC53103 o S. boulardii CNCM I-745 para prevenir la diarrea asociada a antibióticos, aunque otros probióticos también podrían ser de utilidad. También otros tratamientos puntuales, por ejemplo, para erradicar la bacteria Helicobacter pylori del estómago, tienen potentes efectos negativos para la microbiota a corto y, sobre todo, a largo plazo. Esta bacteria es habitual en la mucosa gástrica del 50% de la población, pero en algunos casos esta colonización provoca infecciones que causan síntomas y enfermedades del tracto gastrointestinal superior como gastritis crónica, úlcera péptica, úlcera duodenal e incluso cáncer gástrico, por eso su tratamiento es importante. Actualmente, la terapia más común para tratar H. pylori se basa en claritromicina como primera opción u otros antibióticos, si se considera necesario. Y, a pesar del enorme esfuerzo que se está haciendo para combatir este patógeno, el tratamiento de H. pylori aún falla en más del 20% de los pacientes, principalmente debido a las cepas resistentes a los antibióticos. Por eso y debido a los trastornos en la microbiota que se pueden derivar de estos tratamientos, en la actualidad, se están estudiando, desde la medicina convencional, herramientas terapéuticas adicionales a la terapia con antibióticos e incluso alternativas al uso de éstos. En la práctica clínica ya se empieza a hacer una recomendación activa de uso de probióticos mientras se llevan a cabo estos tratamientos.

La microbiota intestinal juega un papel vital en nuestra salud y también en la aparición de muchas enfermedades funcionales gastrointestinales. En muchos casos, después del uso de antibióticos se producen alteraciones, tanto agudas como a largo plazo, que son el inicio de todo un periplo de desórdenes, síntomas y pérdida de calidad de vida de muchas personas. Por eso, el uso de antibióticos debe ser siempre en base a una correcta valoración del beneficio y del riesgo para minimizar estos efectos adversos.

Autora: Dra. Laura I. Arranz, Farmacéutica y Dietista – Nutricionista

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