Los espasmos del sollozo asustan mucho, pero no son un síntoma de ninguna enfermedad ni suponen un riesgo para la vida o la salud del niño o la niña que los padece. Estos episodios no son raros: pueden ocurrir hasta en uno de cada 20 niños y niñas, especialmente durante el segundo año de vida, aunque pueden empezar antes. En la mayoría de los casos habrán desaparecido antes de que cumplan los 4 años. Son más frecuentes en algunas familias (uno de cada 4 niños y niñas con espasmos del sollozo tienen familiares que también los padecieron), aunque no se conoce el motivo.

¿Qué es un espasmo del sollozo?
Los espasmos del sollozo son episodios cortos en los que la niña o el niño al que le pasan dejan de respirar, de forma involuntaria, durante unos segundos. Los espasmos del sollozo ocurren durante un episodio de llanto intenso, o a veces, cuando el niño o la niña experimentan un dolor o miedo agudo e intenso. Verás que tu hija o tu hijo parece que van a tomar aire en medio del llanto, pero que de repente hay un silencio: han dejado de llorar, pero tampoco respiran. Esto puede durar hasta un minuto. Es frecuente que su piel, sobre todo alrededor de los labios o en las palmas de las manos, se vuelva un poco azulada o grisácea, o se vea más pálida. Tras este minuto sin respirar el niño/a se desmaya y tras 1-2 minutos, recupera la conciencia. Es habitual que tras el episodio se encuentre un poco confuso o adormilado.
Cómo actuar ante un espasmo del sollozo
Aunque resulte difícil, es vital mantener la calma; esto te permite ayudar y no complicar la situación. Si tu hija o hijo se ha desmayado, gírale hacia un lado con cuidado, sin brusquedad, y permanece a su lado hasta que se despierte. Retira de su lado cualquier objeto con el que se pueda golpear.
Algunos «consejos» que se daban en el pasado para abortar los episodios no son eficaces y pueden hacer más mal que bien: soplar o echar agua en la cara del pequeño, o agitarle. No lo hagas. Tampoco intentes abrirle la boca o insuflarle aire.
Para ayudar a salir de un episodio de llanto a un menor de 3 años, lo más eficaz es distraerlos con otra actividad o estímulo
Cuando se despierte, muéstrate calmado y cercano; ofrece agua y permítele descansar. Jamás regañes a tu hijo o hija, aunque todavía hay gente mal informada que sostiene que los niños “hacen esto para buscar atención”, la realidad es que los espasmos del sollozo son algo que le ocurre al niño, no es algo que él o ella busquen, provoquen o puedan controlar, y aunque no se asusten como tú, son desagradables para ellos. La parada respiratoria que se produce es un reflejo nervioso automático, involuntario. Un niño pequeño no sabe ni puede controlar su respiración y es absurdo pensar que puedan intentar hacerlo para conseguir algo a cambio. Además, el llanto como tal produce y es expresión de mucho malestar y sufrimiento.
Si el niño/a no ha recuperado la conciencia en aproximadamente 1-2 minutos, busca ayuda urgente. Llama a una ambulancia o pide a alguien que lo haga. Debes avisar a los servicios de emergencia también si el niño/a está rígido, o tiene temblores continuos o sacudidas, o es menor de 6 meses.
Cuándo consultar con el pediatra
Tras el primer episodio, si ha ocurrido como se ha descrito más arriba y tu hijo o tu hija se han recuperado enseguida y están bien, no hace falta llevarlos al hospital, pero reserva una cita con vuestro pediatra en los días siguientes. Describe el episodio lo más detalladamente que puedas (es útil tomar algunas notas pronto después de que haya ocurrido). Esto y las preguntas y el examen físico que haga el pediatra servirán para confirmar que es un episodio de espasmo del sollozo típico y benigno y que no es necesario hacer ninguna prueba más.
Otro motivo para consultar con vuestro pediatra es si los episodios se vuelven más frecuentes o más prolongados, o cambian en su forma de presentación
Si no estás seguro de si ha sido un espasmo del sollozo, entonces acude a un hospital, preferiblemente a uno con servicio de urgencias pediátricas. Algunas enfermedades tienen síntomas similares y es importante identificarlas pronto. Lo más probable es que el pediatra solicite algunas pruebas, como un análisis de sangre, un electrocardiograma y un electroencefalograma. En algunos casos podrá remitiros al cardiólogo o neurólogo infantil.
Otro motivo para consultar con vuestro pediatra es si los episodios se vuelven más frecuentes o más prolongados, o cambian en su forma de presentación. Algunos estudios han mostrado que los niños y niñas que tienen espasmos del sollozo frecuentes tienen más probabilidades que los demás niños de su edad de tener deficiencia de hierro. Cuando los episodios son repetidos puede valer la pena hacer un análisis de sangre y comprobar si este es el caso. El tratamiento con suplementos de hierro podría entonces ayudar, pero nunca des hierro a un niño o niña pequeños si no hay indicación para ello y sin supervisión de vuestro pediatra: el hierro en exceso puede ser muy tóxico.

¿Puedo hacer algo para prevenir estos episodios?
Todavía no sabemos bien por qué los espasmos del sollozo les ocurren a algunos niños. Lo que sí sabemos es que la mayoría ocurren a consecuencia de un llanto o una emoción intensa, como frustración, miedo, enfado o dolor.
Los niños y niñas pequeñas no saben gestionar aún sus emociones. Un niño o niña que llora desconsoladamente o que experimenta rabia o frustración no sabe salir de esa situación, a menos que lo ayudemos.
Por eso, no hay que dejar a los niños y niñas pequeños que lloren sin consuelo. No van a «aprender» a tolerar la frustración de esta forma porque su cerebro no está aún preparado para ello. Por el contrario, la emoción y el sufrimiento los desbordarán y podrán conducir a un espasmo del sollozo en niños predispuestos a ello, o simplemente causar un dolor prolongado innecesario.
Aunque resulte difícil, es vital mantener la calma; esto te permite ayudar y no complicar la situación
Para ayudar a salir de un episodio de llanto a un menor de 3 años, lo más eficaz es distraerlos con otra actividad o estímulo. No trates de razonar con ellos en este estado porque no pueden escucharte ni entenderte. Más tarde, cuando ya tengan un buen lenguaje verbal, puedes, después del episodio de llanto, hablar con ellos de forma calmada y sin regañar, acerca de lo que pasó. Pregúntale cómo se sintió. Cuéntale que es algo que todos experimentamos en algún momento. Empieza a sugerir y practicar formas alternativas de expresar las emociones y manejar la frustración.
Mientras aún son pequeños, si identificas alguna situación que precipite estos episodios, como el hambre o el cansancio, trata de evitarla en lo posible. Por supuesto, hay que evitar que padezcan dolor. La mayoría de los procedimientos médicos se pueden realizar con anestesia o analgesia a menos que sea una urgencia.
Igualmente, trata de evitar enfadarte y regañar a tu hijo o hija por cualquier cosa. Minimiza las frustraciones innecesarias. Permitir que se ponga una camiseta concreta, que coma con un juguete en la mano o que lleve los calcetines del revés no lo va a convertir en una persona maleducada y asocial. Tampoco estás alentando que «se salgan con la suya» ni que «ganen la batalla» (no debería tratarse de una guerra en cualquier caso). Se trata simplemente de responder adecuadamente al nivel de desarrollo cerebral de tu hija/o y acompañarlos con cariño y respeto en esta etapa de su vida.
Autora: Miriam Martínez Biarge, Médico Pediatra, www.creciendoenverde.com
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