Cuando hablamos de contaminación del aire solemos pensar en enfermedades respiratorias o cardiovasculares. Pero las consecuencias de este problema pueden ser mucho más preocupantes: las investigaciones realizadas en las últimas décadas revelan que la contaminación atmosférica también puede alterar el desarrollo del cerebro infantil.

A red toy car on a colorful play mat with roads and cartoon-style buildings.
123rf Limited©dragon_fang. En la ciudad: evitar calles congestionadas al desplazarse andando

Un estudio reciente realizado en Barcelona y publicado en la revista Environment International ha analizado las imágenes cerebrales tomadas mediante resonancia magnética de casi 100 bebés y ha encontrado que una mayor exposición prenatal a partículas en suspensión (PM2. 5) alteraba el ritmo de maduración cerebral, en concreto la velocidad a la que se forma mielina en la sustancia blanca cerebral.

La mielina es la capa de proteínas y grasa que rodea y protege las fibras nerviosas, acelerando la velocidad de comunicación entre diferentes zonas del sistema nervioso. Durante el último trimestre de embarazo y los primeros dos años de vida, las fibras nerviosas infantiles pasan de estar desnudas a estar completamente recubiertas por mielina.

No es el primero

Este estudio no supone una sorpresa para los expertos en esta área. Al menos 40 investigaciones realizadas en la edad infantil y adolescente han documentado cambios en la estructura del cerebro en respuesta a la exposición a la contaminación atmosférica, y en concreto han visto: reducción global del volumen del cerebro, reducción del tamaño de algunas estructuras cerebrales específicas, alteraciones en el modo en que diferentes zonas del cerebro se comunican entre sí, alteraciones en el ritmo de maduración del cerebro y anormalidades en las arterias y venas cerebrales.

Podemos presionar a los ayuntamientos para que establezcan zonas de bajas emisiones alrededor de colegios, guarderías y parques infantiles

Todos estos cambios pueden tener efectos en diferentes funciones neurológicas durante una etapa especialmente vulnerable durante la cual el cerebro está creciendo y desarrollándose con mucha rapidez. Esto se debe a que, sobre todo las partículas ultrafinas que se generan por el tráfico, la combustión industrial o la calefacción, pueden entrar en el cuerpo a través de los pulmones, pasar al torrente sanguíneo y desde ahí alcanzar el sistema nervioso. Durante el embarazo, aunque la placenta puede filtrar algunos contaminantes, otros escaparían a este filtro y afectarían directamente al feto.

Las consecuencias para los menores son:

  • Menores capacidades intelectuales y peor rendimiento académico. Varios estudios han encontrado una asociación consistente entre exposición prenatal y posnatal a aire contaminado con peores habilidades cognitivas y menor capacidad de aprendizaje.
  • Retraso en el desarrollo del lenguaje. Un estudio realizado en México encontró que la exposición prenatal a contaminación atmosférica se asociaba a un desarrollo más lento del lenguaje en los primeros dos años.
  • Alteración de funciones neuropsicológicas. Funciones ejecutivas, memoria, atención se han visto alteradas tanto en la infancia como en la adolescencia en relación con mayor exposición a la contaminación ambiental.
  • Problemas de comportamiento. Un estudio que incluyó a casi 2.000 mujeres en seis ciudades (Memphis, Minneapolis, Rochester, San Francisco, Seattle y Yakima), halló que los niños y niñas cuyas madres habían estado más expuestas a contaminación atmosférica durante el embarazo tuvieron más problemas de comportamiento a los 4-6 años.
  • Trastorno por hiperactividad y déficit de atención. Más de 20 estudios realizados en diferentes países han documentado la asociación entre la exposición a aire contaminado y el desarrollo de este trastorno.

Además, en la mayoría de las grandes ciudades, las zonas más contaminadas suelen estar habitadas por familias en mayor situación de vulnerabilidad socio-económica y con menor nivel educativo, factores que en sí mismos pueden afectar negativamente al desarrollo de las capacidades intelectuales de los niños y niñas. Algunos estudios han encontrado que estos dos factores (exposición a la contaminación ambiental y situación de desventaja social) se potencian uno al otro para agravar el impacto en el desarrollo cerebral.

Aunque no hay suficientes datos sobre qué contaminantes concretos son más peligrosos, parece que los derivados del tráfico de vehículos en las ciudades se encuentran entre los más dañinos.

Prevención

Aunque muchas de las causas de la contaminación requieren decisiones políticas a gran escala, existen medidas concretas, a nivel familiar y comunitario, que pueden ayudar a proteger el desarrollo cerebral infantil.

Cute little boy going to school with his father
123rf Limited©marysmn

Consejos para las familias, especialmente aquellas que vivan en grandes ciudades

  • Siempre que sea posible, elegir rutas con menos tráfico para ir al colegio o al parque. Evitar caminar junto a avenidas o calles muy congestionadas puede reducir significativamente la exposición a partículas finas.
  • Ventilar en las horas adecuadas: abrir las ventanas cuando el tráfico es menor (por ejemplo, a primera hora de la mañana), o el aire está más limpio (justo después de llover).
  • Usar purificadores de aire en interiores. En zonas con alta contaminación o durante momentos puntuales (por ejemplo, incendios o alertas por ozono), un purificador con filtro HEPA puede ser útil, especialmente en la habitación del bebé o niño-a.

Durante el embarazo, aunque la placenta puede filtrar algunos contaminantes, otros escaparían a este filtro y afectarían directamente al feto

  • No quemar incienso en casa, especialmente si hay menores, mujeres embarazadas y personas enfermas o vulnerables (por ejemplo, asmáticas). Al ser quemado, el incienso libera sustancias contaminantes y tóxicas que producen estrés oxidativo e inflamación sistémica de forma similar al daño causado por el humo del tabaco.
  • Fomentar el contacto con la naturaleza. Alejar a los niños y niñas de las ciudades para que puedan pasar unas horas todas las semanas en el campo, bosque, montaña o playa. Esto no solo reduce la exposición a la contaminación atmosférica, sino que tiene otros efectos muy positivos en la salud física y emocional infantil.

Tanto individualmente como formando parte de asociaciones de padres, de vecinos, etc., podemos presionar a los ayuntamientos para que:

  • Establezcan zonas de bajas emisiones alrededor de colegios, guarderías y parques infantiles, priorizando el aire limpio donde más se necesita; y reduzcan o eliminen el tráfico en estas áreas al menos durante las horas de entrada y salida. • Aumenten las áreas verdes urbanas, para que mejore la calidad del aire en toda la ciudad.
  • Promuevan el transporte público eficaz y accesible para las familias, incluyendo servicios públicos de bicis y motos eléctricas compartidas, distribuidos en toda la ciudad, no solo en zonas céntricas.
  • Impulsen el uso de vehículos eléctricos o híbridos, mediante medidas como instalar más puntos de carga, ofrecer bonificaciones fiscales o exenciones de impuestos municipales y reservar estacionamientos gratuitos o preferentes en zonas de alta densidad.
  • Midan y publiquen datos locales de calidad del aire. La información transparente permite a los ciudadanos tomar decisiones informadas y presionar para conseguir políticas más efectivas.
  • Actualicen la normativa de acuerdo a la evidencia científica más reciente. Muchos países aún manejan límites de contaminación más altos que los recomendados por la OMS.

Proteger el cerebro infantil debería ser una prioridad de salud pública. Mejorar la calidad del aire no solo reduce el asma, las infecciones respiratorias o los infartos de miocardio; también protege el cerebro y las capacidades mentales de las generaciones futuras.

Autora: Dra. Miriam Martínez Biarge, Médico Pediatra.

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