El suicidio de alguien cercano es siempre devastador. Al dolor de perder a alguien querido se suma la incomprensión, los sentimientos de culpa y rabia, y todavía con demasiada frecuencia, el estigma y aislamiento social. Los duelos tras una muerte por suicidio suelen ser los más largos, complicados y dolorosos. Para las niñas, niños y adolescentes, esta es una realidad también.

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¿Cómo afecta a los niños y a las niñas el suicidio de un progenitor?

Si perder a un progenitor durante la infancia o adolescencia es siempre un suceso traumático, perderlo por suicidio puede ser demoledor y tener un gran impacto en la autoestima. Los hijos de alguien que se quita la vida experimentan comúnmente rechazo y abandono (“mi padre/madre no me quería lo suficiente para vivir por mí”). Si los niños eran pequeños en el momento del suicidio es frecuente que se les oculte la causa de la muerte durante muchos años, a veces hasta que son adultos, o incluso que se enteren accidentalmente. Esto puede provocar que se sientan traicionados y pierdan la confianza en el resto de sus familiares.

¿Cuál es el impacto cuando el que se suicida es un hermano o hermana?

El sentimiento de pérdida cuando un hermano o hermana fallece joven es inmenso; y más aún si se trata de gemelos. Durante las primeras dos décadas de la vida compartimos innumerables e intensas vivencias con nuestros hermanos, y, además, asumimos que estarán presentes la mayor parte de nuestra vida – su muerte temprana se percibe siempre como anti-natural. El sentimiento de culpabilidad en el hermano/a superviviente puede ser muy intenso, porque a pesar de la cercanía “no pudo anticiparlo ni impedirlo”. Si los padres intentan ocultarlo o su propio duelo les impide ocuparse adecuadamente del o de los hijos e hijas supervivientes, también puede aparecer un sentimiento de abandono y aislamiento.

¿Tiene repercusiones a largo plazo haber vivido el suicidio de un progenitor en la infancia?

Perder a un progenitor (madre o padre) en la infancia o adolescencia porque se han suicidado triplica el riesgo de que ese niño o niña se suiciden ellos mismos (aunque solo una minoría- el 3%, lo harán) y duplica el riesgo de que sean hospitalizados por depresión, según han mostrado los estudios. También tienen más riesgo de padecer otros problemas psiquiátricos.

Es interesante señalar que los niños y adolescentes que pierden a un progenitor en un accidente también tienen más riesgo de suicidarse que la población general, pero no tanto como el grupo anterior (el doble, en vez del triple). Perder a un progenitor durante la infancia o la adolescencia, sea cual sea la causa, aumenta también el riesgo de cometer un crimen violento, pero de nuevo, solo una minoría hará esto.

¿Cómo podemos apoyar en casa a los niños y adolescentes que atraviesan por esta situación?

Los niños y adolescentes sienten la muerte y experimentan el duelo de una forma diferente a los adultos, aunque no por ello es menos dolorosa. Si no conocemos cuál es su forma de expresar tristeza, culpa o miedo es posible que no la reconozcamos y que interpretemos su comportamiento de forma errónea. En estos casos consultar con un profesional puede ser de mucha ayuda tanto para el niño o la niña afectados como para el resto de la familia. Vuestro pediatra, además de ser una importante fuente de apoyo, os puede derivar a los servicios de salud mental infantil o poneros en contacto con psicólogos infantiles o terapeutas familiares.

¿Qué puede hacer la escuela en estas situaciones?

Los niños y adolescentes pasan muchas horas en la escuela y los compañeros y profesores pueden ser un buen apoyo y una segunda familia en este momento de crisis y duelo. Es importante que los compañeros sepan qué ha pasado y se les explique cuál es la mejor forma de comportarse y cómo pueden ayudar. Esto debería ocurrir en una reunión o encuentro relajado en el que puedan preguntar todo lo que necesiten y expresar sus propias preocupaciones y miedos. Hay que hablar de la muerte abiertamente, por supuesto con un lenguaje adaptado a cada edad, y hay que crear un espacio de confianza donde puedan expresar sus emociones.

Los profesores pueden observar al alumno o alumna afectados en las semanas y meses siguientes y vigilar su comportamiento y estado de ánimo; y avisar a la familia, pediatra o servicios sociales si aparecen signos de alarma que indiquen que el proceso del duelo no se está llevando a cabo de forma saludable.

Autora: Miriam Martínez Biarge, Médico Pediatra, www.creciendoenverde.com

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