El síndrome de fatiga crónica es una enfermedad compleja caracterizada por la persistencia de una intensa fatiga física y mental de más de 6 meses de evolución, que no disminuye con el reposo y que se acompaña de una severa intolerancia al ejercicio físico, un sueño no reparador y alteraciones en la concentración y memoria. No es capaz de hacer actividades que antes hacia como trabajar de forma normal o practicar un deporte, su calidad de vida se deteriora y puede producir aislamiento social y soledad. Externamente puede presentar un aspecto saludable.

¿Qué es el síndrome de fatiga crónica?
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¿Qué causa el síndrome de fatiga crónica?

No se conoce la causa exacta que lo genera. Se han identificado diferentes genes que predisponen a la fatiga crónica y también otros factores de riesgo como: ser mujer, sedentarismo y vivir situaciones estresantes físicas o psicológicas.

Para desarrollar la enfermedad, además de la predisposición deben presentar uno o más factores desencadenantes. Los más habituales son las infecciones, ya sean producidas por virus (por ejemplo, hepatitis, mononucleosis, citomegalovirus, …) o bacterias (brucelosis, tuberculosis, …). Y también los contactos reiterados con tóxicos (pesticidas, disolventes, productos de limpieza, …). Los desequilibrios hormonales, los traumas físicos o emocionales podrían ser también otros factores desencadenantes. Las personas afectadas parecen presentar una mayor sensibilidad a exposiciones ambientales (ruido, humedad, radiaciones electromagnéticas, etc.). Aunque desaparezca el factor desencadenante, la enfermedad puede continuar.

¿Quién puede padecer el síndrome de fatiga crónica?

La prevalencia de la enfermedad se estima entre un 0,3 a 0,5% de la población adulta. En principio, cualquier persona puede tener síndrome de fatiga crónica, pero es más común entre mujeres jóvenes o de edad media. En España se estima que hay entre 120.000 y 200.000 personas que padecen fatiga crónica.

¿Cómo se diagnostica y cuáles son los síntomas?

Es difícil de diagnosticar ya que no hay un test o análisis específico para ello. Otras enfermedades pueden tener en algún momento los mismos síntomas, por lo tanto, es necesario un examen médico muy completo para descartar otras patologías y diagnosticar la fatiga crónica. En la mayoría de los casos el inicio de la enfermedad es brusco.

En el síndrome de fatiga crónica el paciente presenta como hemos mencionado anteriormente, una fatiga persistente (6 meses como mínimo), no mejora de forma significativa con el descanso, y ocasiona una reducción considerable de todas sus actividades. No presenta otras patologías que puedan ser causa de fatiga, como hipotiroidismo, lupus, cáncer, trastornos depresivos graves, trastornos hormonales, etc. Además, existen una serie de criterios que orientan al médico en el diagnóstico de esta enfermedad. Debe presentar de forma simultánea 4 o más de los 8 síntomas/signos siguientes: trastorno de la concentración o memoria a corto plazo, faringitis, dolor en las articulaciones (sin artritis), dolor muscular, intenso dolor de cabeza, sueño no reparador, malestar que dura más de 24 horas después de realizar un esfuerzo físico e inflamación con dolor de los ganglios.

No es una enfermedad degenerativa, pero sí persistente y que afecta mucho a la calidad de vida de las personas

Cada persona la sufre de forma diferente

No todas las personas con síndrome de fatiga crónica tienen el mismo grado de afectación funcional. Incluso la enfermedad en una misma persona puede tener oscilaciones de intensidad. Algunos especialistas utilizan la siguiente escala de afectación:  Leve: cuando la actividad del paciente se reduce a la mitad de lo que hacía con anterioridad. Moderada: si tiene una vida limitada al domicilio y la actividad del paciente se reduce a una tercera parte de lo que hacía antes. Grave: si está casi siempre en la cama, sin poder hacer ni una mínima actividad continuada.

En ocasiones la fatiga crónica se acompaña de otras manifestaciones muy diversas como: fiebre (décimas) al anochecer, agotamiento al hablar. Ante un sobreesfuerzo mínimo, el paciente tiene una sensación de estado pregripal, acompañada de escalofríos y que le cuesta de superar. Ansiedad, irritabilidad, desánimo. Depresión (presente en 2 de cada 3 pacientes). Hay disminución del deseo sexual, del apetito y del sueño. Necesidad de orinar frecuentemente. Alteraciones del ritmo intestinal que alterna diarrea y estreñimiento. Inestabilidad motora y caídas frecuentes. Mayor sensibilidad a la exposición a factores ambientales físicos o químicos. Todos estos síntomas, que pueden ser fluctuantes, cambian día a día e incluso en el mismo día, y ocasionan una situación muy incómoda y desconcertante para el paciente, que no sabe qué le sucede.

También pueden coexistir otros trastornos con la fatiga crónica, como son: fibromialgia (la mitad o más de los pacientes de fatiga también cumplen criterios de fibromialgia). Síndrome seco (sequedad intensa en todas las mucosas). Disfunción sexual. Hipersensibilidad a fármacos. Hipersensibilidad a medicaciones, a determinados alimentos, ruidos y olores, y tendinopatías entre otros trastornos.

¿Cómo tratar la fatiga crónica?

Es una enfermedad crónica y «compleja», para la que no existe un único tratamiento. Los diferentes síntomas que presentan según el paciente y los cambios que experimentan con el paso del tiempo, dificultan el tratamiento. Los médicos deben vigilar con frecuencia cómo se encuentran los enfermos para cambiar el tipo de tratamiento cuando sea necesario. El objetivo del mismo es aliviar aquellos síntomas que más afecten o incapaciten al paciente para mejorar la calidad de vida y la salud en general.

No es una enfermedad degenerativa, pero sí persistente y que afecta mucho a la calidad de vida de las personas. Es una enfermedad de curso crónico y con síntomas muy oscilantes. Se puede hablar de mejorías, pero los especialistas opinan que no se puede hablar de curación.

Realizar ejercicios sencillos que no requieran gran concentración por parte del paciente ya que una fatiga psíquica conlleva una física y al revés

Los profesionales que intervienen son muy diversos, como: medicina interna, reumatología, atención primaria, psicólogos clínicos, psiquiatras, farmacéuticos, enfermería, fisioterapeutas y trabajadores sociales, entre otros. El tratamiento debe ser personalizado y continuado, que combine terapias basadas en el ejercicio físico, la mejora del sueño, una alimentación adecuada, la ayuda psicológica y diferentes alternativas farmacológicas, según el caso, para mejorar la calidad de vida de la persona.

Medicación

No hay un fármaco que haya demostrado una mejora significativa de la enfermedad. El tratamiento farmacológico se dirige a tratar los síntomas. En el caso del dolor se utiliza paracetamol o ibuprofeno, u otros analgésicos más potentes. En las contracturas musculares, puede ser útil el magnesio. En caso de depresión se recurre a los antidepresivos.

Tener en cuenta que existen algunos medicamentos que pueden empeorar la fatiga como son: benzodiacepinas, estatinas, antihipertensivos, inhibidores de la bomba de protones, antihistamínicos, diuréticos y, estrógenos, entre otros.

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Sueño

Los problemas de insomnio, pueden tratarse con reguladores del sueño como la melatonina. Se deben evitar las benzodiacepinas. En algunos casos es útil la hierba de San Juan (¡atención a las posibles interacciones!). También pueden ser de utilidad los suplementos y/o infusiones de valeriana o manzanilla. Eludir los enemigos del sueño: café, alcohol, tabaco, luz azul (tablets, móviles, …), etc.

Ejercicio físico y Rehabilitación

Los pacientes con el síndrome de fatiga crónica suelen tener muy poca actividad, hecho que desencadena desuso y atrofia muscular y empeora todavía más el cuadro clínico. Un ejercicio físico aeróbico suave en pautas cortas y adaptadas a cada persona, proporciona bienestar, mayor resistencia, disminución del dolor, mejora la capacidad para realizar las actividades de la vida diaria y la calidad de vida. Poco a poco se puede intentar aumentar la intensidad, pero sin realizar un sobreesfuerzo que podría empeorar la enfermedad. Realizar ejercicios sencillos que no requieran gran concentración por parte del paciente ya que una fatiga psíquica conlleva una física y al revés. Lo más recomendable es andar en períodos cortos e intermitentes de 15-20 minutos de marcha y descanso alterno y/o realizar una actividad suave en una piscina climatizada (si es posible sin cloro). Yoga y meditación pueden ayudar para sobrellevar el estrés. La fisioterapia u osteopatía, puede contribuir en el tratamiento de las contracturas, la rigidez muscular y articular.

Apoyo emocional y asesoramiento psicológico

Al ser una enfermedad crónica tiene muchas consecuencias para el paciente, como por ejemplo sentimientos de ira, de miedo, de desesperanza, de depresión o de ansiedad. Todas estas situaciones aumentan el estrés que a su vez intensifica los síntomas del síndrome de fatiga crónica. Por ello el apoyo emocional y aprender a manejar el estrés- recurrir a técnicas para mejorar la atención, para la relajación, etc.- pueden ayudar a afrontar y gestionar mejor la enfermedad.  También puede ser útil la Terapia Cognitivo-Conductual, que ayuda a tomar conciencia de los pensamientos negativos para poder manejarlos mejor, ya que los pensamientos se consideran la causa de las emociones, y no a la inversa.

Alimentación

Una correcta hidratación es de gran importancia, beber 1,5 a 2 litros de agua al día. Se recomienda seguir una dieta lo menos procesada posible (biológica) y personalizada para conseguir un control adecuado del peso y evitar el sobrepeso. Respetar los horarios de comer, comer despacio. Masticar bien antes de tragar. Reducir los alimentos que se consideran inflamatorios y limitar los hidratos de carbono de absorción rápida. Una alimentación adecuada debe conseguir mejorar los síntomas digestivos que empeoran la fatiga como el intestino irritable, la permeabilidad intestinal o la disbiosis. Utilizar aceite de oliva virgen. Evitar las grasas saturadas y aumentar las insaturadas como el omega 3. Verdura y fruta todos los días. Algunos pacientes ven beneficios con una dieta baja en gluten, a pesar de no ser celiacos. A otros les va bien comer más a menudo pocas cantidades de alimentos. No existe una dieta específica, cada persona es única y debe ensayar qué alimentos le benefician y cuáles le perjudican.

Suplementos

Vitaminas y minerales pueden ser necesarios en casos de déficits. La combinación de Coenzima Q10 y NADH, han demostrado cierta eficacia transitoria en algunos enfermos. Es útil el magnesio para las contracturas y como relajante y antiestrés, ya que el estrés aumenta las necesidades de magnesio. También pueden ser de utilidad en algunos pacientes el Ginseng siberiano, la raíz de maca, el polen de abeja, la avena, el Ginkgo biloba y el regaliz, entre otros.

Consultar siempre con el farmacéutico y el médico para conocer las posibles interacciones de los suplementos y las plantas medicinales con la medicación prescrita.

Terapias complementarias

Su utilidad es completamente individualizada, en algunos pacientes es útil la acupuntura para aliviar el dolor. Técnicas de relajación para aliviar la tensión muscular y la ansiedad. Campos electromagnéticos. Masajes terapéuticos. Precaución con los masajes intensos, pueden provocar más dolor. Además de otras terapias con diversas evidencias de efectividad.

*La información contenida en esta página tiene carácter divulgativo y no pretende sustituir el consejo médico. Ante cualquier duda, consulte con un profesional de la salud.

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Autora: Dra. Marta Castells, Farmacéutica

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