En los últimos años, cada vez oímos más hablar de la enfermedad de Alzheimer. Esto refleja, por un lado, el creciente interés por comprender y abordar la enfermedad, así como los avances en el diagnóstico y en la investigación de nuevos tratamientos. Pero, por otro lado, también pone de manifiesto el aumento de su prevalencia y el impacto económico, sanitario y social que ello conlleva.
El alzhéimer es la causa más frecuente de demencia. Se trata de una enfermedad neurodegenerativa que se caracteriza por el deterioro progresivo de las funciones mentales, como la memoria, la atención y el lenguaje, y que repercute en la autonomía y en la calidad de vida de la persona afectada y de su entorno. Como consecuencia, la persona afectada necesita cada vez más ayuda para hacer las actividades de la vida diaria y, ante la escasez de recursos públicos, el peso de los cuidados recae, la mayoría de las veces, en la familia.
Según la OMS, actualmente la cifra de personas que viven con demencia en el mundo es de aproximadamente 57 millones, y se espera que esta cifra aumente hasta 153 millones el 2050. Ante esta previsión, investigaciones recientes estudian qué estrategias podrían ayudar a retrasar o prevenir la aparición de la enfermedad.
¿Qué causa el alzhéimer?
El alzhéimer es una enfermedad multifactorial, es decir, su desarrollo depende de diferentes factores de riesgo que interaccionan entre sí.
Algunos de estos factores (los que se denominan factores de riesgo no modificables), no se pueden controlar, como la genética o la edad. No obstante, actualmente se conocen muchos otros factores de riesgo potencialmente modificables, es decir que, con los recursos y condiciones necesarias, se podrían controlar. Según un artículo de 2024 en la revista The Lancet, si cambiáramos estos factores modificables, podríamos prevenir o retrasar hasta un 45% de los casos de demencia.
Controlar la hipertensión, la diabetes, el colesterol y la obesidad nos ayudará tanto a prevenir enfermedades cardiovasculares como enfermedades del cerebro
Podríamos categorizar estos factores en 5 grupos:
Salud cardiovascular y metabólica
Para que nuestro cerebro funcione correctamente, necesitamos un adecuado aporte de oxígeno y nutrientes. Por lo tanto, controlar la hipertensión, la diabetes, el colesterol y la obesidad nos ayudará tanto a prevenir enfermedades cardiovasculares como enfermedades del cerebro.
Estilo de vida saludable
Realizar actividad física de forma regular, idealmente que integre ejercicio aeróbico, entrenamiento de fuerza, ejercicios de equilibrio y flexibilidad, aporta beneficios tanto físicos como cognitivos. Además, seguir una dieta saludable, disminuir el consumo de tóxicos como el alcohol y el tabaco y una buena calidad del sueño mejorará nuestra calidad de vida y además previene la aparición del alzhéimer y de muchas otras enfermedades crónicas.
Salud cerebral, mental y cognitiva
Actividades como el aprendizaje continuo a lo largo de la vida y mantenerse activo mentalmente, aumentarán la denominada reserva cognitiva. Es decir, nuestras conexiones neuronales se harán más fuertes, protegiéndonos de los efectos del envejecimiento i/o de posibles enfermedades neurodegenerativas.
Por otro lado, las lesiones causadas por traumatismos craneoencefálicos o condiciones como la depresión y el estrés crónico sin tratar también pueden afectar a nuestra salud cerebral.
Relaciones sociales y salud sensorial
Todo aquello que nos aísle del entorno y reduzca la estimulación que recibe el cerebro, como la soledad y la pérdida auditiva o visual no tratada, afectará a la actividad de nuestro cerebro y, por lo tanto, favorecerá su deterioro. Por ello, es importante detectar y tratar cuanto antes estos problemas, así como fomentar la participación en actividades sociales y comunitarias.
Factores ambientales
La contaminación atmosférica, la exposición a determinadas sustancias tóxicas y la falta de zonas verdes se han relacionado con un mayor riesgo de deterioro cognitivo.
Por lo tanto, cuidar nuestra alimentación, reducir la exposición a tóxicos, mantenernos activos física y mentalmente e ir al día con los controles médicos son hábitos que nos ayudarán a prevenir no solo el alzhéimer, sino otras enfermedades que pueden afectar a nuestra calidad de vida. No obstante, debemos tener en cuenta que la prevención del alzhéimer no depende solo de decisiones individuales, sino también de políticas públicas orientadas a crear entornos más saludables, que reduzcan las desigualdades en salud y faciliten el acceso a los recursos necesarios para favorecer un envejecimiento activo y saludable.
Autora: Natalia Ferrer, Neuropsicóloga a Alzhéimer Catalunya Fundació.
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