Disfagia significa tener dificultades para tragar alimentos, líquidos o incluso la propia saliva. Es un problema bastante común en la segunda mitad de la vida: puede afectar en mayor o menor medida hasta a una de cada cinco personas mayores de 50 años. Es especialmente frecuente por encima de los 70 años y en personas que viven en residencias para mayores, donde entre el 30 y el 60% de los residentes están afectados.

Disfagia
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También es más común en personas que están ingresadas en los hospitales o que tienen otras enfermedades. Los pacientes que permanecen mucho tiempo en las unidades de cuidados intensivos, especialmente si necesitan intubación y ventilación asistida, pueden presentar disfagia como secuela.

La disfagia puede ser muy molesta y afectar de forma importante al bienestar emocional y a la calidad de vida. Además, puede dificultar o impedir una buena nutrición y poner a la persona afectada en riesgo de sufrir otros problemas de salud, como pérdida de peso y de masa muscular, carencias nutricionales e infecciones respiratorias repetidas.

Síntomas: ¿cómo sé si tengo disfagia?

No todas las personas con disfagia tienen los mismos síntomas, depende de la gravedad y de otros factores. Si tienes alguna de las siguientes dificultades, esto puede indicar que tienes disfagia y deberías consultar con tu médico de familia:

  • Tienes la sensación de que la comida está atascada en la garganta o en el pecho, como si tuvieras «una bola».
  • Cuando comes o bebes, toses o te atragantas con frecuencia.
  • Te cuesta masticar, tiendes a babear mientras masticas, y tu voz suena más pastosa mientras comes.
  • Después de tragar, sientes que la comida vuelve a subir a la boca, o incluso a veces sale por la nariz.
  • Te cuesta trabajo respirar mientras comes o en el rato siguiente.
  • Tienes sensación de ardor en el pecho.

Causas de la disfagia

La disfagia se puede producir por problemas en dos lugares del aparato digestivo: en la parte que va desde la boca hasta el esófago (la parte que «traga» el alimento)- esto se llama disfagia orofaríngea; o en el propio esófago, que es el conducto que transporta el alimento hasta el estómago (disfagia esofágica).

Una parte importante del tratamiento es la adaptación de la textura de los alimentos para que estos sean más fáciles de tragar

En el primer caso, varias enfermedades neurológicas pueden dar lugar a debilidad a los músculos que se encargan de masticar y tragar los alimentos. Esto es relativamente común en la enfermedad de Parkinson, en el Alzheimer y en la esclerosis múltiple, y también puede ocurrir tras un infarto cerebral (un «derrame»). También los tumores en cualquier región de la boca, la mandíbula, la cara o el cuello pueden afectar a los músculos cercanos y hacer que tragar se vuelva difícil, doloroso o imposible.

Hay una enfermedad, afortunadamente poco frecuente, en la que se dañan los nervios que van al esófago. En consecuencia, los músculos del esófago no se pueden relajar y la comida no se puede transportar hasta el estómago, se queda atascada en un conducto rígido y contraído. Esta enfermedad se llama acalasia y generalmente se trata con cirugía.

Otros problemas que pueden afectar al esófago y dificultar su función son: los tumores en el esófago o en zonas cercanas, que pueden dar lugar a que este conducto se estreche; los espasmos en los músculos esofágicos, o la presencia de un cuerpo extraño, como una porción de alimento que queda retenida y obstruye el conducto.

Algunas enfermedades producen cicatrices en el esófago, y lo hacen más estrecho. Por ejemplo, el tratamiento con radioterapia o una enfermedad llamada esclerodermia. Las personas que padecen reflujo gastroesofágico durante muchos años pueden desarrollar cicatrices y estrechamiento del esófago por la acción continuada del ácido gástrico, que quema la mucosa del esófago.

Son muchos los medicamentos que pueden causar disfagia, incluyendo medicamentos para tratar la depresión y ansiedad, la hipertensión y la quimioterapia para el cáncer. Es importante que el médico conozca todos los medicamentos que la persona afectada de disfagia está tomando, pues es posible que uno o varios puedan estar contribuyendo al problema.

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¿Pueden los niños tener disfagia?

La disfagia también puede presentarse en la infancia, aunque afortunadamente es mucho más rara: afecta a alrededor de uno de cada 100 niños y niñas. La disfagia puede aparecer en bebés que nacen con paladar hendido, o con alteraciones en el corazón o en las vías respiratorias. También puede ocurrir como consecuencia de una lesión en el cerebro que se haya producido antes, durante o poco después del nacimiento. La disfagia es más frecuente en niños y niñas con retraso en el desarrollo o que nacieron prematuramente.

Cómo se diagnostica y trata la disfagia

Hemos visto que la disfagia puede tener causas muy variadas. Por ello, cuando un médico sospecha este trastorno lo primero que hará será examinar todos los aspectos de la salud y estilo de vida del paciente. El siguiente paso es observar cómo el paciente traga distintos tipos de alimentos sólidos y líquidos.

Si se confirma la sospecha de disfagia, hay varias pruebas que se pueden realizar: la principal se llama videofluoroscopia y consiste en hacer una radiografía en vídeo del paciente mientras este come un alimento mezclado con una sustancia radiopaca. La sustancia radiopaca, generalmente bario, hace que el alimento se pueda ver bien en las radiografías.

Otra prueba usada frecuentemente es la endoscopia de deglución. Para realizarla, el médico introduce el endoscopio (un tubo muy fino con una cámara al final) por la nariz y lo coloca en la garganta mientras el paciente come alimentos y bebe líquidos. La cámara graba el proceso de deglución de los alimentos.

No siempre se puede solucionar la causa de la disfagia, pero siempre se puede mejorar la disfagia en sí y sobre todo, prevenir sus complicaciones

Según la causa que se sospeche, también se puede hacer una endoscopia del esófago, del estómago y de la primera parte del intestino. Esta prueba permite obtener muestras del tejido de estos órganos, por ejemplo si se observa una úlcera en el estómago u otras lesiones.

Además de estas pruebas, también se realizarán análisis de sangre para ver si hay carencias nutricionales producidas por la disfagia, u otros problemas, y en algunos casos radiografía de tórax para comprobar que no haya infección en los pulmones (neumonía).

Una vez que se ha diagnosticado la disfagia, dependiendo de la causa, el paciente será remitido a un especialista, que puede ser un neurólogo, un otorrinolaringólogo, o un gastroenterólogo. No siempre se puede solucionar la causa de la disfagia, pero siempre se puede mejorar la disfagia en sí y sobre todo, prevenir sus complicaciones. Para esto es fundamental hacer un diagnóstico lo más temprano posible.

Una parte importante del tratamiento es la adaptación de la textura de los alimentos para que estos sean más fáciles de tragar. Si la persona afectada tiene problemas con los líquidos, estos se pueden espesar con sustancias especiales. Un dietista-nutricionista recomendará y supervisará la dieta para asegurar que sea completa y, si es necesario, añadirá suplementos nutricionales.

Además, existen técnicas de rehabilitación que pueden enseñar y entrenar al paciente para que trague mejor y de forma más segura en los casos de disfagia orofaríngea. Esto es generalmente llevado a cabo por logopedas, que son los terapeutas especializados tanto en las funciones del habla como en la deglución.

Autora: Miriam Martínez Biarge, Médico Pediatra, www.creciendoenverde.com

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