A las personas o grupos que se oponen radicalmente al uso de vacunas se los conoce como «antivacunas». Aunque esta postura es muy minoritaria, sí que es más frecuente tener dudas, recelos o simplemente preguntas sobre los beneficios y riesgos de una o de varias vacunas. Esto es lógico, ya que a lo largo de nuestra vida van a ser muchas las veces que nuestro pediatra o médico de familia nos invite a vacunarnos frente a una o varias enfermedades. La infancia es el periodo donde se administran más vacunas, y por ello es un tema de especial interés, y a veces preocupación, para madres y padres.

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Entre las dudas más frecuentes que surgen al hablar del tema de la vacuna están las siguientes: ¿por qué es necesario usar vacunas si el ser humano dispone de un sistema inmune diseñado para protegernos de infecciones? ¿no están las enfermedades para las que se vacuna ya erradicadas o son tremendamente raras? ¿tienen efectos secundarios las vacunas, y compensan estos los beneficios de vacunarse?

Inmunidad natural

Es cierto que tenemos un sistema inmune diseñado para enfrentarnos a las infecciones por bacterias, virus y otros microorganismos. Y es cierto que un sistema de vida saludable fortalece el sistema inmune y le permite trabajar de forma óptima. De hecho, la efectividad de las vacunas es menor en personas inmunodeprimidas y en niñas y niños malnutridos. Porque las vacunas funcionan precisamente activando el sistema inmune y entrenándolo para que reconozca a un determinado agresor antes de que este aparezca de verdad. Si el sistema inmune está débil, esta activación no se producirá.

Desafortunadamente la inmunidad natural no siempre consigue vencer a la infección. Entre otros motivos porque la mayoría de los microorganismos que nos causan enfermedades graves llevan cientos de miles de años evolucionando al mismo tiempo que nosotros, nos conocen bien y han desarrollado estrategias para eludir nuestro sistema inmune, infectarnos y matarnos. Esa es su misión y es un hecho biológico, nos guste más o menos. En circunstancias “naturales” a veces la infección gana y el ser humano muere. Llevar una alimentación saludable, respirar aire no contaminado, hacer ejercicio, tener una vida familiar y social satisfactoria y otros factores reducen la posibilidad de que perdamos esta batalla.

Muchas vacunas contra enfermedades mortales la reducen aún más. En la lucha contra las enfermedades parece sensato usar todas las armas a nuestro alcance, no solo una de ellas.

Efectos secundarios y relación riesgo-beneficio de las vacunas

Cualquier medicamento, incluso un simple paracetamol, puede tener efectos secundarios indeseables. También los tienen las plantas medicinales que se han usado en la medicina tradicional de muchas culturas. Por eso, para cualquier sustancia que ingerimos o administramos a nuestro organismo debemos valorar si la necesitamos realmente y si nos va a producir más beneficio que perjuicio.

Desafortunadamente la inmunidad natural no siempre consigue vencer a la infección

¿Tienen las vacunas efectos secundarios? Sí, como cualquier otro medicamento. En la mayoría de ellas los efectos secundarios son infrecuentes y leves, y los graves son excepcionales. Para la mayoría de las vacunas frente a enfermedades potencialmente mortales y para la mayoría de las personas, la balanza entre la protección que ofrecen y el riesgo que conllevan se inclina a favor de su uso.

Por supuesto, no todas las vacunas y no todas las enfermedades son iguales y esta relación riesgobeneficio hay que examinarla individualmente. No es lo mismo una meningitis para la que una vacuna puede salvarnos la vida que una gastroenteritis por rotavirus, para la que la vacuna puede disminuir el riesgo de contagiarnos y estar unos días con diarrea (esta enfermedad afecta sobre todo a bebés y niños y niñas pequeños), pero que no nos va a salvar la vida porque nadie muere en Europa por esta enfermedad.

Cuando evaluamos la conveniencia de una vacuna para nosotros o nuestros hijos tenemos que preguntar qué enfermedad van a prevenir y considerar el riesgo de contraer esa enfermedad y sus consecuencias. Es posible que algunas personas no necesiten algunas vacunas por circunstancias concretas. Pero para la mayor parte de la población, la mayoría de las vacunas que se indican en los calendarios oficiales ofrecen muchos beneficios y pocos riesgos.

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¿No han desaparecido ya estas enfermedades?

La prevalencia de muchas enfermedades que solían ser mortales en la infancia ha disminuido tanto que ya no las vemos y nos hemos olvidado de ellas, para muchas personas solo son «nombres». Es difícil tener miedo a algo que nunca hemos visto con nuestros propios ojos.

Es cierto que tenemos un sistema inmune diseñado para enfrentarnos a las infecciones por bacterias, virus y otros microorganismos

Sin embargo, salvo la viruela, que ha sido erradicada, las enfermedades como la poliomielitis, la difteria, el sarampión o la tosferina, todavía existen y son una amenaza real. En los países desarrollados, donde la mayoría de la población está vacunada, estos microorganismos no tienen oportunidad de propagarse, pero en comunidades con menores tasas de vacunación, como ocurre en algunos países africanos, sí causan la muerte de muchos niños y niñas todos los días. Por ejemplo, el cinturón de la meningitis es la región del África subsahariana donde todavía hoy el meningococo y otras bacterias que producen meningitis causan decenas de miles de casos cada año. Una de cada diez personas que contrae meningitis morirá y muchos supervivientes quedan con secuelas para el resto de la vida, como sordera o pérdida de brazos o piernas.

Incluso en Europa y en Estados Unidos, a lo largo de los últimos 30 años, en las ocasiones en las que los miembros de algunas comunidades decidieron dejar de vacunarse frente a alguna de estas enfermedades, se produjeron brotes importantes que causaron varias muertes.

Algunas personas piensan que al vivir en países donde la mayoría de la población está vacunada, el riesgo individual de contraer alguna de estas enfermedades es muy bajo y por tanto no hace falta vacunarse. Aunque esto es parcialmente cierto, en el momento actual ninguno de nosotros podemos considerarnos suficientemente protegidos. Una de las razones es el rápido y enorme flujo de personas que se produce a cada instante entre puntos muy apartados del planeta y que permite la transmisión de un microorganismo de un país a otro, como hemos podido ver con la pandemia del coronavirus. Si se produce un brote de una de estas enfermedades, es más probable no contagiarse o no morir si ya teníamos una inmunidad previa gracias a una vacuna.

Las enfermedades como la poliomielitis, la difteria, el sarampión o la tosferina, todavía existen y son una amenaza real

No son solo un asunto individual

A diferencia de otros medicamentos, cuando una persona se vacuna, en muchos casos la protección no es solo para ella, sino que se extiende a su comunidad. Cuantas más personas están vacunadas frente a una enfermedad más se obstaculiza la transmisión de ese microorganismo. Esto significa que ese microorganismo tiene más difícil encontrar e infectar a los miembros de la comunidad que no pueden ser vacunados o en los que las vacunas no funcionan bien, como bebés o personas inmunodeprimidas.

Cuando evaluamos la balanza riesgo-beneficio de las vacunas, es importante que consideremos también este aspecto. Si vacunar a nuestra hija sana puede proteger a su compañero de clase con cáncer y permitirle llevar una vida normal y no tener que recluirse en casa, ¿no es esto un acto de solidaridad y un beneficio que merece tenerse en cuenta?

Autora: Miriam Martínez Biarge, Médico Pediatra, www.creciendoenverde.com

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