Cuanto más conozcamos acerca de cómo funciona nuestro organismo, más preparados estaremos para el camino de la prevención, la educación y el empoderamiento en la salud de las futuras generaciones. Según el último informe anual sobre «Estadísticas Mundiales de Salud» de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el 75% de las muertes globales son debidas a enfermedades crónicas (…) y de no cambiar la trayectoria que llevan, provocarían el 86% de las muertes anuales para mediados de siglo.

inflamación crónica
123rfLimited©sompongtom

Frente a este incremento de las enfermedades crónicas (no ya en los adultos sino también en los niños) y el reto de lograr la tan mencionada “longevidad saludable”, conocer cómo funciona nuestro organismo no es solo patrimonio de los profesionales de la salud, sino que es responsabilidad de todos. Ponernos en manos de los profesionales no significa ser sujetos pasivos, hemos de ser sujetos actuantes, hacernos responsables de nuestros procesos de salud-enfermedad y comprender lo que ha venido a evidenciar la epigenética: que nuestro estilo de vida es fundamental para mantener un estado de salud y que cada uno somos únicos y diferentes en la expresión de la enfermedad.

En los últimos años, la medicina ambiental y la integrativa se suman a recuperar el principio hipocrático de ir a la causa (al porqué) apoyándose en algunas de las llamadas terapias complementarias que incluyen medicinas milenarias, doctrinas y herramientas ancestrales que se han empleado a lo largo de la historia de la humanidad y que ahora también la ciencia ha podido calificar «de evidencia científica». En ese camino a una medicina más participativa, integradora y sostenible, hay un retorno a esos principios también hipocráticos de «primum non nocere» (primero no hacer daño) o «vis naturae medicatrix» (el poder curativo de la naturaleza). Esa capacidad de autocuración de nuestro organismo es precisamente la que explica la utilidad de la fiebre, de una inflamación, de una diarrea…, que son los distintos mecanismos que nuestro sistema inmunitario emplea para recuperar el equilibrio tras una agresión o lo que interpreta como una amenaza para nuestro organismo. Y la inflamación es uno de los más importantes.

Pero hay que puntualizar que nos referimos a la inflamación aguda, es decir, una reacción a corto plazo de nuestro sistema inmunitario para combatir lo que entiende como amenaza para nuestro organismo (virus, bacteria, toxina, traumatismo…) y que desencadena una respuesta para reparar el daño causado. Aunque suele ir acompañada de síntomas como dolor, enrojecimiento, hinchazón, fiebre o pérdida de función, es una reacción natural, temporal y con finalidad reparadora, que suele resolverse en horas, días o semanas. Se trata por tanto de un proceso indispensable para nuestra supervivencia.

La inflamación crónica de bajo grado es la que, con el tiempo, puede desencadenar diversas enfermedades

Cuando la inflamación se convierte en negativa

Sin embargo, cada vez leemos más informaciones que hacen alusión a otro tipo de inflamación relacionada con múltiples enfermedades y asociada a factores como el estrés, la obesidad, determinados tipos alimentos, el tabaquismo o las alteraciones del sueño. En 2018 la revista Nature publicó un estudio que señalaba que más del 50% de todas las muertes en el mundo son atribuibles a enfermedades relacionadas con la inflamación.

Este tipo de inflamación a la que se refería este estudio es la que se ha denominado inflamación crónica ya que persiste en el tiempo más allá de lo necesario para responder al propósito reparador y se vuelve destructiva, desencadenando a su vez la aparición de muchas patologías crónicas. Al sostenerse en el tiempo, el organismo vive en un estado constante de alerta que acaba afectando de manera negativa a las células, tejidos, órganos y sistemas. Es lo que se ha denominado inflamación crónica sistémica, también llamada inflamación crónica de bajo grado o metainflamación, entre otros nombres.

inflamación crónica
123rf Limited©fizkes. Sueño reparador

La inflamación crónica de bajo grado es la que, con el tiempo, se ha visto que puede desencadenar enfermedades cardiovasculares, renales, neurodegenerativas, diabetes, osteoporosis, enfermedades autoinmunes, depresión, cáncer o sarcopenia (pérdida progresiva de masa y fuerza muscular).

Entre las muchas investigaciones sobre la inflamación crónica de bajo grado, se sabe que puede afectar también a la producción de serotonina y otros neurotransmisores, inhibir la capacidad del organismo para producir nuevas células cerebrales, así como dañar la capacidad de las células cerebrales para establecer nuevas conexiones entre sí.

Causas y síntomas de esta inflamación silenciosa

Para ir a la causa y poder actuar en el origen del estado inflamatorio crónico de bajo grado, los diversos estudios han coincidido en varios factores proinflamatorios como, por ejemplo: la exposición a la contaminación ambiental, electromagnética, el tabaco, el alcohol, las alteraciones del sueño (la falta de sueño eleva la inflamación y la inflamación dificulta el sueño), el estrés prolongado, el sedentarismo, la obesidad, una dieta inadecuada y la disbiosis o desequilibrio de la microbiota.

La dieta y la obesidad se consideran unas de las causas principales. Como explica Salvador Talón, nutricionista, micólogo clínico y experto en nutrición ortomolecular y psiconeuroinmunoendocrinología (PNIE) «creíamos que el tejido adiposo era un tejido pasivo, pero en numerosos estudios, se ha observado que no, que continuamente envía diferentes sustancias químicas a la sangre y esto hace que se mantenga la inflamación crónica y que se abra la puerta a diferentes enfermedades de la civilización moderna. A medida que aumenta el tejido graso, el cuerpo llega un momento que no puede enviar la suficiente sangre, se produce una falta de oxígeno y nutrientes y el tejido adiposo muere. Esto hace que el sistema inmunitario intervenga limpiando todas las células muertas de tejido graso, manteniendo una inflamación crónica que perpetúa las diferentes enfermedades».

Pero la condición inflamatoria de bajo grado no es tan evidente como la aguda y resulta difícil de identificar a través de síntomas ya que son variados y engañosos, pudiendo afectar a varios tejidos a la vez y produciendo alteraciones más complejas en el metabolismo de las células. Según Salvador Talón, «no se aprecia si no es a través de diversos análisis clínicos de sangre, llevados a cabo por diferentes profesionales de la salud en los que nos pueden pedir una serie de marcadores estandarizados en torno a esto, como la Proteína C reactiva. Pero también pueden ser parámetros: el desequilibrio entre los ácidos grasos omega 3 y omega 6, la vitamina D3, la velocidad de la sangre, etc.»

Algunas pautas para controlarla

  • Evitar las grasas saturadas, los alimentos procesados, azúcares, hidratos de carbono refinados y con alto índice glucémico, la proteína animal.
  • Mantener un peso adecuado.
  • Evitar el sedentarismo, practicando actividad física de manera cotidiana.
  • Ingerir grasas saludables y suplementos que ayuden a combatir la inflamación.
  • Descansar un mínimo de 8 horas.
  • Controlar el estrés (ya que el cortisol induce la inflamación).

Autora: Marta Gandarillas, Periodista especializada en Salud Natural, Titulada superior en Naturopatía y Terapeuta de Jin Shin Jyutsu

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