¡Las prisas no son buenas! Esta sabia frase proverbial tiene más implicaciones en la salud de lo que nos podemos imaginar.

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Hace unos días presencié un milagro. Esperando el semáforo verde para peatones, me pasan a toda velocidad por la derecha dos seres (dos) en una patineta. Estuvieron a una milésima de segundo de que se los llevara un autobús por delante. Ambos iban sin casco y con auriculares en ristre. Lejos de dar gracias por haber vuelto a nacer, se enfadaron, uno de ellos nos hizo una peineta y el otro dijo “tenemos prisa”. Imaginaros el disgusto para el conductor del autobús y la hipotética familia de los intrépidos imprudentes si no se hubiese producido el milagro.

Ir con prisa es ir más rápido de lo prudentemente requerido cuando hacemos algo. La vida moderna nos induce a ir siempre con prisa al comer, al conducir, al hacer la compra, las tareas domésticas e incluso en tareas intelectuales o profesionales. No debemos confundir ir deprisa con hacer las cosas bien, en tiempo y forma. Cuando la prisa se convierte en crónica produce altos estados de ansiedad y estrés. Con ellos, hormonas como el cortisol y la adrenalina, cuyos niveles excesivos y continuados aumentan la presión arterial, inducen fatiga, dificultan el descanso, y todo ello debilita nuestro sistema inmunológico, con lo que aumenta la propensión a enfermar.

Vivir innecesariamente rápido aumenta la posibilidad de accidentes. Por ejemplo, si no comemos despacio nuestra digestión se verá alterada negativamente y aumentará el riesgo de morir por atragantamiento. Aunque parezca increíble, en España mueren más personas por esta causa que por accidentes de tráfico. ¡Vamos a vestirnos despacio, que tenemos prisa!

Autor: Pedro Porta. Director y Empresario, Sector Complementos Alimenticios

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