La obesidad es una enfermedad multifactorial muy estigmatizada. El sedentarismo, el fácil acceso a alimentos de baja calidad y con calorías vacías, la cultura de la dieta y la presión estética de la sociedad del siglo XXI no ayudan precisamente a contrarrestarla. De ahí la búsqueda de soluciones ‘efectivas’ que ofrezcan resultados de manera rápida.

La banalización de un medicamento recontextualizado
Ozempic es un medicamento indicado para el tratamiento de la diabetes tipo 2 en pacientes adultos. Según la Agencia Europea de Medicamentos (EMA), se presenta en solución inyectable que se complementa con la dieta y el ejercicio físico. Su principio activo, la semaglutida, contribuye a aumentar la cantidad de insulina liberada por el páncreas en respuesta a los alimentos, ayudando a controlar los niveles de glucosa en la sangre y reduciendo así el riesgo de complicaciones para la salud.
Sin embargo, el fármaco se asocia también a una reducción del peso corporal, por lo que se ha popularizado como método para bajar de peso drásticamente. Actualmente se incluye en el tratamiento de la diabetes, así como de la obesidad, además de usarse libremente para lograr una pérdida de peso importante y generalizada.
Se trata de un medicamento no autorizado para su uso libre en el sistema de sanidad pública, pero se puede conseguir fácilmente con una receta expedida a través de la sanidad privada y pagando un ‘módico’ precio. Según los expertos, podría ofrecer una pérdida de peso corporal alrededor del 10 por ciento, una cifra significativamente más alta que en los anteriores tratamientos médicos para la obesidad. No obstante, no es un medicamento formulado para este cometido y, por ende, presenta limitaciones y riesgos.
Según los expertos, podría ofrecer una pérdida de peso corporal alrededor del 10 por ciento
Según la EMA, los efectos adversos de este medicamento pueden afectar a más de 1 de cada 10 pacientes, siendo los problemas digestivos los más comunes (náuseas, vómitos, diarrea, dolor abdominal, reflujo, estreñimiento) de intensidad leve a moderada. Ensayos clínicos publicados en PubMed y Scopus proponen evaluar sistemáticamente la seguridad de la semaglutida y, específicamente, su posible incidencia en el cáncer de tiroides.
Otros estudios señalan las cefaleas y la fatiga generalizada como efectos adversos del fármaco, que pueden afectar a la capacidad o la voluntad de seguir con el tratamiento. Y aquí surge otra secuela: el efecto rebote. La interrupción de la medicación conduce, en la mayoría de los casos, a la recuperación de peso, incluso llegando a sobrepasar el peso anterior al inicio del tratamiento.
Especialistas endocrinos de destacados centros médicos españoles, así como profesionales de la cirugía estética, han reportado numerosos efectos secundarios añadidos, como la ‘cara de Ozempic’. El fármaco puede llegar a producir un efecto de rostro envejecido, puesto que la pérdida de volumen en los compartimentos grasos de la cara evidencia las arrugas, hace que los huesos faciales sean más prominentes y que la piel se vuelva flácida y tienda a colgar. Lo que conlleva a muchos pacientes a someterse a retoques de cirugía estética para remediarlo.
Tras las soluciones milagro
El Ozempic ahora parece estar de moda, pero es otro método de adelgazamiento exprés y agresivo que se ha normalizado para bajar quilos a contrarreloj y con el mínimo esfuerzo. Junto a este encontramos, y en ocasiones incluso de forma combinada, las reducciones de estómago, las liposucciones, el uso indebido de laxantes, diuréticos, anfetaminas y hormonas sin indicación médica y, por supuesto, las peligrosas dietas milagro, como ayunos extremos, dietas a base de un solo ingrediente o con el más mínimo aporte calórico sin indicación ni orientación profesional.
Todas estas prácticas se muestran y se promocionan sin pudor en las redes sociales, sin contemplar las consecuencias físicas que comportan a quienes las llevan a cabo. Por no hablar de su papel en la incidencia de los trastornos de la conducta alimentaria (TCA), con ciclos de atracones y purgas, episodios de culpabilidad, vómitos provocados y obsesión por el ejercicio compulsivo. En cualquier caso, la pérdida de peso debería de entenderse como una cuestión de salud, no de estética.
Priorizar la salud ante la estética
La solución a la obesidad es muy compleja debido a las múltiples alteraciones metabólicas que la acompañan: resistencia a la insulina, diabetes, inflamación crónica, hipertensión, entre otras. Por ello, el abordaje debería de ser también multidisciplinar y acompañado de apoyo profesional, como endocrinos, nutricionistas, psicólogos, i/o fisioterapeutas, para que sea efectivo a corto y a largo plazo. No es posible confiar en un método milagroso y esperar tener resultados rápidos y sostenidos en el tiempo sin cambiar la mentalidad ni los hábitos de base. Pues un fármaco, una pastilla o un pinchazo nunca puede ser un sustituto de los hábitos saludables.
Autora: Ariadna Coma, Periodista.
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