¿Han cambiado o aumentado los detonantes de la insatisfacción, el malestar emocional, el estrés constante, la irritabilidad crónica, o es que hemos perdido la habilidad de manejarlos y nos hemos ido debilitando ante los desafíos del día a día? ¿O quizás, ahora tratamos el problema abiertamente a diferencia de tiempos pasados en los que la salud mental o su fragilidad eran temas a esconder o evitar? Quizás un poco de todo.

Pero que el mundo se ha acelerado es una realidad. Podemos tener la sensación de que las cargas laborales, familiares o competitivas del tipo que sean nos alcanzan en una carrera que nos supera. Las consecuencias son físicas y mentales, pudiendo derivar en ansiedad generalizada, alteraciones del sueño o fatiga, falta de concentración y tristeza o propensión a la depresión. La Organización Mundial de la Salud ha advertido que los trastornos relacionados con la salud mental se encuentran entre las principales causas de discapacidad en el mundo.
Lo que es paradójico es que, excepto terribles realidades de territorios en guerra o que sufren calamidades climáticas, tenemos mayor comodidad y confort hoy que nunca antes, acceso a la información inmediato, no nos falta la comida ni la climatización, y esto puede habernos acostumbrado a tener todo disponible al instante, lo que nos hace menos tolerantes a la frustración. Evitando constantemente las incomodidades reducimos nuestra capacidad de adaptación.
Pautas y cambios de hábitos
La resiliencia se entrena y se desarrolla, por lo que la podemos mejorar con prácticas sencillas como terminar la ducha con agua fría, mantenernos alejados del móvil unas horas al día, hacer ejercicio, aunque no nos apetezca, etc. Así demostramos a nuestro cerebro que podemos tolerar cierta incomodidad sin problema.
Otra pauta es la práctica de técnicas que ayuden a regular el sistema nervioso como la respiración consciente, pasear por la naturaleza, pasar unos minutos diarios en completo silencio, que pueden ayudarnos a recuperar el equilibrio.
Movernos es importante. Actividad física y alimentación equilibrada. Y dormir lo suficiente. Son consejos que se repiten una y otra vez por lo fundamental que es respetar la base fisiológica del equilibrio emocional con un buen descanso, caminar o practicar yoga o nadar y alimentarse bien con alimentos ecológicos, sencillos, reales, cocinados en casa a ser posible o comprados de conveniencia hechos “como en casa”.
Los complementos alimenticios como apoyo
Las fórmulas de los complementos alimenticios orientadas al apoyo del bienestar emocional pueden combinar ingredientes como vitamina C, que protege a las células frente al estrés oxidativo, vitaminas del grupo B, que participan en el funcionamiento normal del sistema nervioso y en la reducción del cansancio, y extractos de plantas adaptógenas como la albahaca sagrada o tulsi, una planta adaptógena usada para favorecer la vitalidad y promover la calma y la claridad ayudando a gestionar el estrés tanto físico como emocional.
Además, pueden incluir Vanizem® (Aframomum melegueta), un extracto vegetal que incide en el metabolismo energético reduciendo la tensión nerviosa y favoreciendo la relajación. El conjunto actúa en sinergia apoyando la recuperación física y mental y el bienestar general.
Autora: Montse Mulé, Editora.
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